Casi todos los secretos acaban en la tumba

Casi todos los secretos acaban en la tumba

Cuando me planteé escribir la historia de Gracia no imaginé que acabaría desnudando mi humanidad y exhibiendo mi pudor. Durante el proceso era más importante desvelar el secreto, contar lo que le pasó a Gracia, narrar sus vergüenzas e imaginar su mundo. Pensaba que un secreto no podía yacer indemne y desaparecer eternamente, creía que había que contarlo, difundirlo a todo aquel que escuchara. Y eso hice. Pero en el proceso dejé parte de mi alma al acecho de los buitres, porque la desnudé sin pensar si esto era valentía o arrogancia. Cuando me percaté de este pequeño detalle, ya era tarde. La leyenda seguía su proceso, feliz de mostrarse a otros, unida por frases y capítulos que le daban entidad. Y sentí vergüenza ante tanta generosa sinceridad y miedo, pero no tuve más remedio que respirarlo y tragarlo.

 Y volví a pensar en los secretos, en cuántos de ellos acaban en la tumba y cuántos de nosotros nos marchamos con la mochila llena. Cada día hay cientos deambulando en oídos y bocas cerradas incapaces de ver el sol. Prefieren morir antes que perdonar o mostrarse o reconocer que son cobardes, orgullosos y soberbios. Prefieren callar y dejar que otro ser humano imagine otra verdad. Y en la tumba permanecen hasta que, cientos de años después, sin acritud, sin emoción, como si fueran un hecho arqueológico salen a la luz y dejan de ser secretos para ser contemplados con benevolencia.