¿Cuántas tradiciones, ritos y costumbres repetimos como autómatas?

¿Cuántas tradiciones, ritos y costumbres repetimos como autómatas?

Tradiciones como la Tomatina, la Tamborrada, el toro embolado y las procesiones forman parte de la piel de los pueblos y de las personas. Criticarlas o mencionar cualquier aspecto negativo de ellas supone recibir una bronca o que, algunos, dejen de hablarte. Son folclores que no se cuestionan porque están en el ADN de las culturas, por lo que si te gustan, los compartes; sino, ni los mentas. 

Entrar en un espacio sagrado y persignarse o arrodillarse cuando el sacerdote levanta el cáliz son otros ritos anclados en el acervo personal que, aunque puedes no compartirlos, no sabes muy bien por qué al entrar en dichos espacios los repites como un autómata, solo por ver como lo hacen los demás.  

Evitar los gatos negros; llevar un fetiche como protección ante de un examen o entrevista personal; cantar en Nochebuena o comerte doce uvas en Nochevieja son costumbres privadas o compartidas que reiteramos una y otra vez sin pensar por qué.

Gracias a todas esas costumbres, ritos y tradiciones, la democracia y la socialización encuentran un caldo de cultivo propicio para expandirse, crecer y mantener al ser humano en un sueño donde la persona no sabe quién es, pero si quien se espera que sea. Solo por cumplir el deseo de la mayoría uno se siente en paz, aceptado, reconfortado. Y devuelve lo mismo que recibe: impone estas normas a otros, indefensos o parcos en el pensar. ¿Esto es bueno, malo, regular, atroz? Es.

Quizá estas sean las peores costumbres, las que se heredan sin pensar, las que mimetizamos de parientes cercanos o amigos ejemplares y que al final de la vida comprobamos como, —esos formulismos y maneras de actuar—, han coartado nuestras posibilidades, convirtiéndonos en clones de desconocidos, en rancios seres humanos que prefieren atrincherarse en normas, juegos y hábitos pensadas por otros.