Las palabras cambian tanto como las personas

Las palabras cambian tanto como las personas

A lo largo de los siglos la lengua ha demostrado que está viva, que tiene independencia y que como los políticos, hoy pueden tener un significado y mañana otro diferente. Y si no que se lo pregunten a rato, no al ex ministro, sino al vocablo. En su juventud rato significaba “tirón, arranque”, hasta que evolucionó y se convirtió en “instante”, en algo fugaz. Y ese concepto se asimiló “a pie juntillas” en Latinoamérica donde un rato es algo raudo y veloz. Sin embargo, en España pasar el rato puede hacernos consumir horas y horas y no todas con la misma calidad.

Hay vocablos antiguos y otros con muchos menos siglos como el referente a “abundancia, excesivo”. En el siglo XVII, nimio era un cultismo que reflejaba sobreabundancia, pero el vulgo, coloquialmente, tergiverso el significado y lo transformó en “pequeñez, en algo de escasa importancia”. Lo más curioso de este término fue el tiempo que tardaron los academicistas en darle la razón al pueblo y cambiar el significado de esta voz.

Otra palabra que despistó a una generación fue jamás. En sus orígenes latinos aparecía como “iam magis”, “ya más” y significaba lo contrario de lo que actualmente entendemos. Para los antiguos significaba “siempre” y para los modernos “nunca”. ¿En qué momento se convirtió en su contrario?

Otro vocablo llamativo es magia. Hoy entendemos que es un arte o ciencia oculta con el que se pretende producir, mediante encantos y hechizos un resultado contrario a la leyes naturales. Pero su origen es fundamentalmente religioso. El término procede de los antiguos sacerdotes persas de la religión del mazdeísmo que veneraban la luz y el fuego y consideraban que la divinidad solo se manifestaba, parcialmente, en forma de objetos ardientes. Estos religiosos eran famosos en el mundo griego por sus conocimientos astrológicos, de ahí que fueran asociados con la magia.